Confiar en una institución financiera no depende de una corazonada ni de qué tan bonitas sean sus oficinas. Depende de un patrón aprendido, casi automático, que tu cerebro construye con historia, repetición y señales que puedes verificar.
En México, ese patrón tiene fecha de nacimiento, y entenderlo explica por qué, para muchas personas, cuesta confiar en lo que en teoría debería ser fácil de confiar.
No es un tema abstracto de psicología financiera. Es un mecanismo concreto: cómo decide un cerebro humano en dónde poner su dinero cuando no puede verificar todo en tiempo real.
Aquí te explicamos de dónde puede venir esa cautela en algunos casos, cómo opera sin que te des cuenta, y qué señales sí deberían pesar más que la antigüedad de una marca o un comercial bien producido.
¿Por qué en México muchas personas desconfían de las instituciones financieras?
No es paranoia, como decimos los mexicanos: la burra no era arisca… Muchos mexicanos tienen décadas de razones documentadas para dudar de dónde ponemos nuestro dinero.
Hoy, según la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) 2024 de INEGI y CNBV, 36.6% de la población ahorra únicamente de forma informal (debajo del colchón, en una tanda, en efectivo), mientras que solo el 29.8% lo hace en algún producto de ahorro formal.
No es que la gente no sepa que existen los bancos. Es que, para muchas familias mexicanas, esa cautela se heredó como aprendizaje.
Esa herida tiene fecha de nacimiento. A finales de 1994, la economía mexicana sufrió una devaluación abrupta que golpeó con fuerza al sistema bancario. Varios bancos que operaban en ese momento no lograron sostenerse y tuvieron que ser rescatados o reestructurados.
Miles de personas vieron cómo sus créditos se volvían impagables de un mes a otro. Incluso, en algunos casos, cómo el banco donde tenían su dinero dejaba de operar como lo conocían. De ese momento surgió, unos años después, el Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB), el mismo que hoy respalda tu dinero cuando ahorras en una institución financiera formal.
Y esa cautela no se quedó solo en los noventa. Más recientemente, se han presentado miles de casos de lo que la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (CONSAR) llama “traspasos indebidos”: una cuenta de AFORE es cambiada de administradora sin autorización de la persona titular.
¿Qué tienen en común estos dos momentos, separados por 30 años? Que en ambos, alguien depositó su confianza en una institución sin tener forma de verificar, en tiempo real, que ese dinero estaba realmente seguro. Y la memoria no olvida fácilmente este tipo de eventos: puede convertirse en un atajo mental para la próxima vez que hay que decidir entre una institución financiera y otra.
La confianza no es un sentimiento: es un atajo mental que se construye de experiencias previas
Cuando decides en quién confiar tu dinero, tu cerebro no analiza cada dato desde cero. Esto no es una opinión, la Estrategia Nacional de Educación Financiera 2025-2030 de la SHCP reconoce que las decisiones financieras están influenciadas por sesgos cognitivos, emociones y normas sociales.
Estos son algunos de esos sesgos que la propia estrategia menciona: usan menos esfuerzo mental, pero también podrían llevarte a conclusiones equivocadas si no paras a analizarlos con detenimiento antes de hacer una elección final.
- El mal recuerdo que no se borra (heurística de disponibilidad). Si lo último que escuchaste de tal o cual institución financiera fue una mala noticia, tu cerebro asume que va a volver a pasar, aunque ya no tenga nada que ver con hoy. Por eso una crisis de hace 30 años puede seguir pesando en decisiones de hoy, para quienes vivieron o heredaron esa memoria.
- Quedarte donde ya estás (sesgo de status quo). Lo conocido se siente más seguro, aunque no necesariamente lo sea. Por eso es más fácil quedarte donde ya estás que cambiar, incluso si te conviene más moverte. Seguir con la misma institución de siempre (o guardar el dinero en efectivo) puede sentirse más seguro, aunque los datos objetivos digan lo contrario.
- Si a mi primo le funcionó, a mí también (prueba social). Si tu prima, tu mamá o tu mejor amiga ya usan cierta opción y no han tenido problemas, confías más en eso aunque no lo hayas verificado. Es un atajo útil casi siempre, pero también explica por qué el boca a boca puede pesar más que la regulación real de una institución.
- Más vale viejo por conocido… (efecto de familiaridad). Un nombre que lleva años en tu cabeza se siente más confiable, aunque llevar años en el mercado no diga nada sobre los beneficios o seguridad que te ofrece. La familiaridad genera comodidad, aunque no siempre coincida con la evidencia.
Ninguno de estos atajos es “irracional” por sí solo: son los mismos que usamos para tomar miles de decisiones diarias sin colapsar de análisis. El problema puede aparecer cuando son la única base sobre la que tomamos la decisión de dónde poner nuestro dinero.
¿Qué construye confianza real, más allá de lo que sientes?
Si la confianza también es un patrón psicológico, tiene sentido preguntarte qué la hace más racional y no solo más cómoda. Estos tres factores pueden generar un contrapeso a la sensación inicial:
- Transparencia sostenida en el tiempo. No es una promesa aislada, sino el patrón de que una institución financiera te diga las condiciones, costos y comisiones antes de que aceptes, de forma consistente, y no solo en su primer contacto contigo.
- Verificabilidad, no autopromoción. Que puedas confirmar por tu cuenta (ante un regulador) que esa institución financiera está autorizada y supervisada.
- Historial consistente frente a fricciones reales. Cómo responde una institución cuando algo sale mal (una queja, una cancelación, un reclamo) dice mucho sobre su confiabilidad.
Preguntas frecuentes sobre cómo confiar en una institución financiera
¿Por qué en México hay personas que confían más en guardar su dinero en efectivo que en un banco?
Para algunas personas, esa preferencia puede tener relación con un hecho histórico documentado. Según la Revista de CONDUSEF, el Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB) surgió en 1999 como respuesta directa a la crisis bancaria de 1994-1995, cuando varios bancos tuvieron que ser rescatados o intervenidos.
Esto no es una regla que aplique a todo el país, pero es un patrón que puede ayudar a explicar por qué, para quienes vivieron o heredaron esa memoria, el efectivo podría seguir sintiéndose más seguro que una cuenta bancaria.
¿La desconfianza hacia las instituciones financieras es racional o es solo un sesgo?
Para quienes la sienten, es ambas cosas a la vez. Puede nacer de eventos reales y documentados, pero se sostiene con atajos mentales (status quo, familiaridad, prueba social) que no siempre reflejan el nivel de riesgo actual de una institución específica.
¿Confiar en una institución con muchos años en el mercado es más seguro que confiar en una nueva?
No necesariamente. La antigüedad genera familiaridad, y la familiaridad se siente como seguridad, pero no es lo mismo que cumplir con la regulación, ser transparente en sus costos o condiciones o tener buen historial ante quejas. Ambas cosas pueden o no coincidir.
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